
Después de unos años sin exhibir, Lázaro Saavedra vuelve a demostrar en la Galería Habana el carácter muy especial de su figura en la plástica contemporánea. La exposición lo confirma como el gran cronista plástico de la vida en Cuba y su filósofo popular. Cronista, porque ha seguido sucesos diarios del cubano al igual que del quehacer artístico en la isla, tan ligado a aquellos. Filósofo, porque, más que narrar, reflexiona acerca de las implicaciones profundas de las cosas que pasan, y en especial sobre las contradicciones de una utopía en crisis, pero existida como vivencia cotidiana. Popular, porque aparte de poseer una educación profesional y ser profesor universitario, su arte brota directamente de una información y experiencia como parte de un estrato muy popular de la población, en el cual continúa involucrado.
Saavedra es además uno de nuestros grandes humoristas. Practica un humor deconstructor del absurdo de la retórica y la realidad en las cuales se encuentra envuelto. Su humor no es irónico, porque implica una participación en las complejas situaciones de las que se burla. Aunque reflexivo, no se trata de un humor cerebral, a la manera del dibujante-humorista cubano de los sesenta Chago Armada, sino festivo. En este aspecto, nada se parece tanto a su obra como los chistes populares. Todo lo anterior lo ha hecho paradigma de ese ingrediente burlón, festivo, que caracteriza a buena parte de la plástica cubana surgida a mediados de los ochenta.
Saavedra tiene también en su haber una larga y tormentosa ejecutoria como uno de los más afilados protagonistas del arte crítico en Cuba. De nuevo no se trata sólo de análisis de cuestiones concretas de actualidad: con frecuencia su crítica alcanza a pensar en profundidad sobre problemas generales del ser humano, la sociedad, el rol del arte y la cultura... Su obra constituye un discurso ético esperanzado en el mejoramiento de la existencia.
A la vez, estamos quizá ante el caso en que la crítica, aunque estructural a una construcción artística y, por tanto, tropologizada, se ha expresado de manera más directa, sin pelos en la lengua. Saavedra es una voz de la calle metida dentro de la galería. Más que un intelectual actuando como conciencia crítica, viene a ser un representante de los estratos populares empleando un bagaje intelectual para discutir la realidad desde los intereses y puntos de vista extendidos entre la población de Cuba.
Constituye una paradoja significativa que las caricaturas e historietas del artista no llenen la prensa cubana, uno de los espacios naturales para su obra. Él ha tenido que concentrarse casi exclusivamente en presentar su trabajo en galerías y museos -una zona más tolerante- en forma de un arte muy particular que combina la instalación con los objetos, la historieta y el humor gráfico. Un valor esencial de este arte es romper el aura de la obra de galería en virtud de su presentación precaria, de su falta de interés en el acabado o aún en el simple cuidado al preparar las piezas. Vienen a ser como dibujos de letrina, grafitti, expresiones espontáneas y llenas de mundo. Pero el quiebre del aura de la Obra con mayúscula ocurre aún más por el sentido mismo de los trabajos, dirigidos a una comunicación de golpe, a la manera del humorismo, desacralizadora. Saavedra trata la galería como si fuera un medio de difusión masiva.
La imagen del pensamiento, el pensamiento de la imagen(1993).

La Isla del Tesoro (1993). Tinta/cartulina
El Sagrado Corazón (1992). Acrílico/cartulina.
En esta exposición presentó dos tipos de trabajos diferentes. Las historietas son tabulaciones complejas, de significados más simbólicos e indirectos. En ellas prevalece el costado filosófico de su obra. Las otras piezas son dibujos que abordan temas próximos, cotidianos, como la experiencia del autor en las microbrigadas, trabajando en la construcción con la esperanza de resolver su grave problema de vivienda. Dos de estas piezas resaltan como símbolos de gran impacto. Una de ellas es un mapa con la isla de Cuba extendiéndose, cual continente, hacia el sur. Esta insólita cartografía hiperboliza localmente la famosa inversión de polos realizada por Torres-García. Destaca lo bueno y lo malo del latinoamericanismo cubano: identificación pero también geopolítica.
La otra es una versión del icono del Sagrado Corazón, con la bandera cubana dentro del pecho, la hoz y el martillo en la palabra y Estados Unidos y sus dólares en la cabeza. Pocos resúmenes más elocuentes de las contradicciones de hoy...
Gerardo Mosquera