Lázaro Saavedra ha establecido una poética en la cual confluyen la racionalidad y el rigor analítico con una dosis de apasionamiento, un tono lúdicro y un eclecticismo material y morfológico. Así, esta poética se acerca a la afición postmoderna a la mezcla. Lázaro es, sobre todo, un sátiro, un fustigador implacable de males sociales, un abanderado de la eticidad; y es, al mismo tiempo, un “conceptualista” de estirpe particular: sistemáticamente subordina los medios a la idea; ejerce un control riguroso sobre la apariencia final de cada parte y del todo de su obra; no es remiso a auxiliarse de recursos didácticos (textos, diagramas, recortes de prensa) con tal de ganar más fuerza de convicción. Su trabajo es el resultado de un pensamiento muy agudo y lógico que le permite emitir respuestas casi inmediatas (previa acumulación de datos) a los más azarosos eventos cotidianos.
Esa inmediatez es un lenguaje sencillo, de soluciones caricaturescas y a veces desconcertantemente elementales, ofrece soluciones pobres, las cuales (junto al rejuego humorístico constante) contribuyen a aligerar la densidad de su discurso. Que un artista así, para quién el arte no está en nada separado de la experiencia vital dedique una obra a sacralizar a Joseph Beuys, no debe sorprendernos. La profunda ascendencia de Beuys sobre el arte de nuestra época es igualmente válida para varios de los más activos artistas cubanos del momento. Sobre todo para aquellos que, como Lázaro, ven en el alemán al escultor interesado en modelar, para bien, su sociedad.
Ese Beuys (un poco realidad y otro poco de leyenda) atormentado por todas las heridas del mundo, y por dar con el modo de aliviarlas; preocupado por la ecología y por la paz; polemista; apasionado y desafiante... Ese Beuys, quien sustentó (con su vida, que al cabo era su obra) la idea de que “todo está en un estado de cambio”, es justamente el hombre (el artista) ante quien se develan, también esta vez, nuestras pequeñas mezquindades, nuestra necesidad de fe y todas nuestras ambiciones. Claro que, en el fondo, se trata de otra broma de Saavedra...
Antonio Eligio Fernández (Tonel)