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“Pez peo” se propone emplear la activación de mecanismos sensoriales de seducción, atracción y repulsión para implicar al espectador en un proceso donde se intenta, infructuosamente, visualizar lo invisible a partir de un estímulo verbal implícito en el título de la obra. Una habitación azul, tenuemente iluminada por la luz que desprende una bella pecera (con agua y vegetación, pero sin peces) ubicada en su centro, es la invitación seductora inicial que culmina con la salida del local, casi una escapatoria, producto del mal olor de materia orgánica en descomposición. El espectador finalmente decide por voluntad propia, si lleva a casa o no, un ejemplar de “Pez peo” que se regala en un nylon con agua, que además tiene impresa una minuciosa clasificación científica del pez.

Históricamente se ha demostrado que ninguna acumulación de dinero está limpia. Así mismo, toda acumulación de poder traerá como consecuencia, tarde o temprano, floridas suciedades, así como, sonoros gases expelidos abruptamente producto de una descomposición de la materia atrapada en un espacio oscuro y demasiado reducido para un “ecosistema sostenible”. Una acumulación de dinero suele generar un gran poder, de la misma forma que una acumulación de poder puede producir jugosas y turbias ganancias monetarias.

La corrupción, al igual que los peos, pasa desapercibida ante el sentido de la vista pero nunca ante nuestras narices, excepto que te “acostumbres” a la peste o seas parte de ella: cuando pequeño, no sentía la peste del río Almendares mientras navegaba en sus aguas junto a mi padre remando un bote, el entretenimiento pagaba un duro impuesto, mediante la saturación sensorial, a mi olfato. Nadie la ve (todo está “bonito”), pero todos huelen la peste producida por la descomposición, ya sea la de un sistema social o biológico. La corrupción tiene una naturaleza muy interesante, además de ser un “ser” dual: atracción-repulsión, según sea el caso, también se distingue por su cualidad invisible, al tiempo que contradictoriamente se manifiesta seductora e irresistiblemente atractiva, tal vez como una bella pecera en un entorno azul marino o quizás como las sirenas de Ulises en su Odisea, aunque estas nos arrastren a un final apestoso o trágico.

 

En el último caso, la única forma de escapar a sus encantos es estar amarrado al mástil con los oídos taponeados. Por lo demás, solamente quedaría asesinar al fantasma suicida de Eduardo Chivas, y hacer un palimpsesto borrando “Vergüenza contra dinero” y escribir: “Dinero contra vergüenza”. Por mi parte, como artista contemplativo, he decidido hacer una rigurosa clasificación científica del Pez Peo, ese es mi statement artístico. Lucy, una bella mujer afectada por una excesiva sobredosis de PCH4, me ha confirmado que los artistas cubanos en las Bienales y fuera de ella, al igual que nuestro país, seguimos más preocupados por “tener” que por el “ser”.

LSG, 2015