“Ya no creo en el arte”—dice Lázaro. Y aunque los que padecen de insomnio tienden a veces a exagerar un poco sus problemas, sus fobias, en este caso uno debe creer exactamente en su incredulidad. Y quizás celebrarla, aplaudirla. Porque no se trata de un sentimiento fingido, de una pose, sino de una conclusión bastante dramática basada en su experiencia, en su doble experiencia como artista cubano y como profesor de arte. No obstante, su declaración no debiera resultar sorprendente. Como tampoco resulta extraño que se mantenga haciendo arte a pesar de su descreimiento. No creer en nada (o en muy pocas cosas) se ha ido convirtiendo en un estado de ánimo bastante habitual. Y el arte siempre ha sido capaz de enmascarar muy bien este sentimiento y hasta de trascenderlo productivamente con elegante hipocresía. Sin embargo, quizás es Lázaro Saavedra quien menos debiera perder el sueño o sentirse culpable por este asunto, ya que es uno de los pocos artistas que nunca ha estado hipnotizado por el prestigio que genera la creación artística y siempre ha practicado su escepticismo de una manera crítica, creativa y educativa. Su escepticismo ha resultado ser socialmente optimista.
Lázaro sabe muy bien que hacer arte no es adornar o embellecer la realidad, ni inventar otro mundo para convertirlo en refugio, en momentáneo paraíso, aunque el artista cuente con los recursos para hacer ambas cosas. Sabe además que enseñar a los otros a hacer arte (si esto fuera posible) tiene poco sentido si no logra enseñarles a pensar y a actuar con sinceridad dentro de la sociedad en que viven. Pero para hacer esto, primero hay que empezar por demoler los obstáculos que lo dificultan o impiden. Y estar dispuesto, desde luego, a correr cualquier riesgo. El humor reflexivo, sarcástico, burlón (a veces dirigido de manera implacable contra sí mismo, o contra las instituciones y disciplinas en las que participa) ha resultado ser uno de sus instrumentos preferidos. Lo que sí resulta bastante raro, quizás inaudito, es que Lázaro Saavedra haya formado parte de todas las generaciones de vanguardia que se han sucedido en el arte cubano desde mediados de los años 80 hasta la actualidad. La mayoría de los artistas inconformes, desobedientes, conflictivos generalmente quedan tendidos en la lona después de los primeros rounds, ya sea vencidos por el knock out de las intolerancias y censuras oficiales o seducidos por las bondades del mercado capitalista. En su madurez muchos de esos artistas se dedican a perpetuar sus hazañas y bravuconerías juveniles mediante lentas e inofensivas variaciones, y hacen rugir de vez en cuando pequeños tigres de papel. Otros simplemente cambian de actividad o pasan al retiro. Pero no ha sido éste el caso de Lázaro. Lázaro siempre ha representado o personificado una función muy provechosa dentro de la sociedad cubana y sobre todo dentro del circuito artístico local. Una función insubstituible que requiere de constantes relevos, por desgracia no siempre disponibles: la de alguien capaz de sacarle la lengua o patearle el culo a cualquier cosa que ande mal.
De manera que lo que parece haber determinado la permanencia de Lázaro dentro de la vanguardia artística cubana no ha sido precisamente el producto de una radical renovación en su lenguaje o en su estilo. Su verdadera preocupación ha estado más allá de las apariencias. Algunas de sus obras más recientes no distan mucho de las que hizo hace más de una década, y ambas siguen siendo obras de puntería, de avanzada, de gran actualidad. La explicación no hay que buscarla entonces en el terreno estético, sino en las relaciones de la obra artística con lo social, con lo político, con lo ético. La novedad estética es algo muy frágil, muy efímero. Su fuerza interna disminuye e incluso desaparece no bien hace su aparición una nueva fuente de estímulos dirigida a cosquillear de otra manera nuestros insaciables y frívolos sentidos. Sólo cuando esta novedad estética se halla enlazada o amalgamada a expectativas y necesidades humanas importantes, urgentes, situadas más allá de nuestro centro del placer, sus potencialidades permanecen y se prolongan durante todo el tiempo que estas necesidades se hallan insatisfechas.
En una sociedad como la cubana actual, el artista tiene a su disposición una fuente casi inagotable de situaciones insatisfactorias, no resueltas, las cuales se incrementan y se renuevan continuamente pero no llegan a pasar de moda. Cuando estas necesidades e inconformidades son abundantes y las soluciones siguen estando ausentes o son aplazadas, el arte indolente o desinteresado en buscar soluciones comienza a verse como una actividad de lujo, como una distracción encubridora o como un juego cómplice. Y aunque Lázaro nunca ha dejado de apuntar con su obra hacia situaciones, actitudes o comportamientos indignos, inapropiados, condenables, me parece muy bien que siga teniendo pesadillas y sufriendo en silencio. Actualmente es una desvergüenza que los intelectuales y artistas duerman a pierna suelta.
Por Oralndo Hernandez